Su brazo, su mano, sus dedos. Cada día rozaba mi piel, rozaba.
Quería que me cuente cuentos en el alba, como lo hacia cada día.
Quería que me regale caramelos de durazno, como lo hacia cada día.
Quería que me acobije en nuestra cama cada vez que me destapaba como lo hacia cada día.
Quería que me abra las persianas de nuestra ventana para que la luz (rayos) del Sol iluminaran mi rostro.
(Quería que me diera caramelos, como solía hacerlo luego de “rozar” mi rostro, mi piel.)
Quería que me diera su alma...
Como yo se la obsequié a aquella estatua viviente.
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